El día que todo cambió

 ¿Cuándo me dio el ictus?

    Era 2024, y por fin llegó el día tan esperado de mi cumpleaños. Sí, me gustaba celebrar mis cumpleaños.     Así que comencé la jornada yendo a desayunar unos churros con chocolate (una vez al año), con mi hijo, que esos días estaba en casa. Os podéis imaginar el gozo y la alegría que me inundó. Estaba pletórica.
 
     Ya en casa, haciendo tiempo para ir a almorzar a un vegetariano, se me ocurrió mirar la app de mi banco y ¡Dios mio! me habían retirado una cantidad de mi cuenta desde un cajero de otra ciudad. Imposible, dije, la tarjeta la tengo yo
 
No sé lo que dije ni lo que hice a ciencia cierta, la cuestión es que mi hijo me retiró el móvil,  porque yo no hilaba fino hablando con mi asesor financiero. Como es largo y no viene al caso, lo voy a obviar. Total, que acabamos en comisaría poniendo una denuncia para que así me reingresaran el dinero.
 
    De aquel día recuerdo solo fragmentos, como escenas sueltas de una película borrosa: la comisaría, los policías, mi hijo... voces confusas, la sensación de estar dentro de mi cuerpo pero sin estar. Me sentía extraña y un poco irreal. Le achacaba mi estado a un estado de estrés, a un shock emocional.

    Nos sentamos en la terraza. No recuerdo que pedí y apenas tengo recuerdos de aquellos momentos. La vuelta se me hizo interminable. Iba sentándome en todos, todos los bancos que veía; solo quería llegar a casa... y cada vez me sentía más lejos, como si no pudiera llegar. Mi hijo tuvo mucha paciencia, él sabía que me desorientaba y decía alguna que otra incongruencia.
 
    Llegué a mi casa. Y poco más puedo decir, ya que mis recuerdos son muy vagos y, casi seguro, distorsionados. Acabé en el hospital. Pero, ojo, que no fue la definitiva. No. Me tuvieron en observación, me hicieron algunas pruebas (que no recuerdo) hasta que estabilizaron la tensión y me dieron el alta ¡al otro día!. Mi hijo, según me ha contado más tarde, les decía que como iban a darme el alta si tenía un ictus. Bueno, como tenían la sospecha de ictus, no la certeza, no activaron el código ictus, un protocolo de actuación urgente ante el ictus. 
 
     Me trajeron a casa y al día siguiente, mi hijo llamó a la ambulancia porque era incapaz de vestirme ni de moverme; estaba paralizada, como perdida, en el marco de la puerta del baño, donde me encontró de paso. 

    De nuevo al hospital, y de nuevo a la misma sala, donde me tuvieron varias horas (unas cuatro o cinco) en la unidad de observación de urgencias, sentada en un sillón, hasta que al final me pasaron a la unidad dos de no sé qué. Más pequeña, con pocas camas y un médico permanente. En el centro, los enfermeros mirando los monitores. 
 
   Sí recuerdo muy bien, que en la segunda o tercera noche, una madre trajo a su hija ¡quemada! entera. El marido de la hija la había quemado. Intentaron salvarla pero a las pocas horas murió. El revuelo que se armó, silencioso eso sí: de policías, enfermeros y médicos. Mi cama era la última antes de la esquina donde estaba la mesa y el médico de guardia. Esa chica estaba en la cama contigua a la esquina del médico. No la llegué a ver, porque teníamos las cortinas echadas al ser de noche. Debieron darme doble dosis de calmante porque a la siguiente mañana, la enfermera que miró la medicación que nos estaban dando puso el grito en el cielo: pero esto qué es, ¿quién ha puesto doble dosis? (o algo así).

    Anécdota aparte, la cuestión es por que fin me subieron a planta, después de tres días en esa sala. Y ya no cesaron de hacerme pruebas y de mimarme, supongo que para compensar la negligencia del primer día. 
    Cuando mi médico me visitaba y preguntaba, decía que seguía en estado de “shock”, incapaz de hilar una frase. Les respondía ese término corto y muy significativo. Ya tenía afasia.
    Estuve diez días ingresada. Diez días que se hicieron larguísimos y con alguna  que otra llantera. Lo que más me marcó no fue el dolor ni el miedo, porque apenas sentía, sino la impotencia. 
    La impotencia de no tener fuerza suficiente para romper el envoltorio de la comida con el cuchillo de plástico; de no poder decirle a los auxiliares que me ayuden a retirarlo; de no tener ganas ni ánimo de hacerlo. Comía la comida que no venía envuelta (normalmente pan) y poco más; solo aquello que no me exigía destreza ni energía. Supongo que los auxiliares no se darían cuenta al recoger las bandejas. No lo sé. Claro, perdí peso y se me achicó el estómago. No sé si fue el cuerpo o el alma lo que decidió dejar de tener hambre.

    Querer hablar y que salga solo monosílabos. Querer pedir ayuda y que el silencio te sepulte. Era como si mi mente estuviera despierta pero mi cuerpo hubiera decidido hacer huelga. 
    
    Mi hijo me llevó el ebook, libro digital, y ¡menos mal! que conseguía pasar página con la escasa energía de mis dedos. Dado que apenas podía alimentar mi cuerpo, mi alma sí. Algo es algo. 

    Cuando me dieron el alta, salí andando, si a eso se le puede llamar andar. Me movía como una muñeca, rígida, torpe, arrastrando los pies.  Apoyada en el mejor bastón: el brazo fuerte de mi hijo (quien me visitaba todas las tardes). Aquel tiarrón que tantas veces abracé cuando era niño, ahora era él quien me sostenía, quien me llevaba con una ternura silenciosa que me desarmaba. Me cansaba al mínimo esfuerzo, me faltaba el aire, pero también me sobraba una especie de gratitud nueva. ¡Estaba viva!

    En esos primeros días en casa, todo era distinto. Las cosas más sencillas —subir un escalón, peinarme, coger un vaso— se convirtieron en retos. Y cada logro era una pequeña victoria. Aprendí a celebrarlas en silencio, a tener paciencia conmigo misma, a aceptar el cambio, a la nueva Adela. 
   
   Tenía que intentar poner en funcionamiento mi vehículo, mi cuerpo, evitando compararme con la persona de antes del ictus: muy activa, psicóloga online, pintora, cuidadora de mi madre y aprendiendo la IA. No podía compararme… ni quería. Ya no sé si es porque carecía de sentido (era inútil negar la realidad) o porque pensaba (y sigo pensándolo) que si no me había ido al otro mundo es porque todavía tenía algo pendiente, no era mi hora. 
 
    Y así fue, sin previo aviso, como cambió mi realidad. La vida, que tantas veces creemos tener bajo control, decidió recordarme que no siempre manda la voluntad, ni la rutina, ni las ganas. Apenas un parpadeo y adiós... a la vida anterior
 
   La vida me había dado una oportunidad. Mi camino no acabó el día de mi cumpleaños.   
 
Adela Casado Cano

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